
Más que círculos perfectos, las ruedas son explosiones en las pinturas de Pablo Azul. Sus radios chisporrotean como fuegos artificiales y los cuadros se retuercen, elásticos. Hay mujeres de amarillo encendido atravesando cielos turquesa, ciclistas nocturnos que nadan en el profundo azul de una galaxia doméstica y parejas que pedalean junto al mar. Todo vibra. Todo se mueve. En su obra hay muchas bicis porque en su vida las hay, dice sin rodeos Pablo Azul, que “exploró y conquistó Medellín pedaleando” y para quien la bici es voluntad, espíritu y la fuerza “para llegar hasta donde debo y quiero”.
Sin error
Pablo nació en la Comuna 13, en San Javier, en un barrio que no se llama La Quiebra por casualidad. “Salir de allí es fácil, pero para ir seguro necesitas buenos frenos”, bromea, “porque es todo cuesta abajo y abundan los carros, motos y autobuses”. Pablo pedalea y pinta su barrio porque le gustan su aire, sus cielos y sus vecinos. Pablo va y viene desde allí al centro y desde el centro a su casa, porque “es divertido”.

Su estilo tiene nombre propio, “mamarracho”. En el español de Medellín, mamarracho significa dibujo mal hecho, el garabato de un niño, “pero es que mis pinturas son malas pinturas llenas de movimiento y libertad”. Lo dice sin ironía: en su universo no hay error, sino movimiento.
“Las manchas y las líneas temblorosas me valen”, explica, “porque la imperfección se celebra y no se corrige”. Los cuadros de Pablo confirman que lo perfecto es enemigo de lo bueno. La bondad y la energía recorren sus cuadros y, como era de esperar, su cuerpo. Al hablar, Pablo Azul mueve los brazos como aspas de un molino de viento, abre los ojos desafiando sus órbitas y agita los rizos. “Mi pintura es muy corporal porque yo soy muy de movimiento”. Baila para pintar y pedalea porque las ideas surgen cuando las piernas se mueven. “Una bicicleta danza y se enamora”, dice, y sus lienzos convierten esa frase en una infinita verdad.
“Mi pintura es muy corporal porque yo soy muy de movimiento” (Pablo Azul)
Colores, juegos
Pablo también habla del color. Habla de “rojos de violín” y de “blancos de piano”. ¿Y pedalear? Para él, pedalear es amarillo y azul. Amarillo porque “montar en bicicleta son días de sol”, y azul porque también “es vuelo, es movimiento y fluidez”. Un azul y un amarillo que también atraviesan sus obras nocturnas, esas en las que los ciclistas son figuras fosforescentes que acuchillan la oscuridad con sus ruedas encendidas.

“Pedalear mueve espacios, galaxias y deseos”, afirma, y es cierto que hay mucho cósmico en esas escenas. En un mundo de respuestas inmediatas, Pablo reivindica el juego. “Al empezar un cuadro no sé cómo lo terminaré, pero sí que el viaje será divertido, lúdico e improvisado”. Si la vida debe ser un juego de la naturaleza, la pintura también.
Marcado por los expresionistas alemanes y por Kandinsky, “pintores que mostraban un mundo suelto y comunicativo”, la libertad marca el trazo. Pinta porque ve el mundo así y quiere juntarse con él. Y es así como le dejamos, repleto de pintura, entusiasmo y vigor, en su taller de La Quiebra. Rodeado de acrílicos que él mismo fabrica. De pinceles empapados de luces. Volcado en un único movimiento que lo abarca todo: la vida, y por supuesto con la bicicleta bien cerca.

El taller y la montaña
Pablo vive y pinta en La Quiebra, Comuna 13 de Medellín, un barrio empinado donde “salir en bici es fácil pero regresar no tanto”. Desde allí observa y retrata cielos, vecinos, calles y sale a diario a lomos de una Tern, que muchas veces termina plegando a la vuelta para regresar en un taxi.
