
En octubre de 2020, el mundo seguía bloqueado por la pandemia, y Sara Qiu sentía que a su vida le pasaba algo parecido. Trabajaba a jornada completa en una empresa tecnológica pero, recuerda, ya no le llenaba. “Tenía la sensación de estar cumpliendo un guion que no había escrito yo”, asegura.
"El viaje me ha enseñado a pedir ayuda. Antes me costaba mucho, pero hacerlo me ha descubierto la tremenda hospitalidad de la gente" (Sara Qiu)
Durante el confinamiento había descubierto otra manera de moverse: caminando. Hizo el Camino Primitivo (la ruta más antigua del Camino de Santiago luego varias etapas de la GR-11 (la gran ruta pirenaica que cruza España de costa a costa) y allí, entre el silencio y el cansancio, apareció una idea: viajar lento y disfrutar del proceso.
Al terminar el verano compró una bicicleta de segunda mano y se lanzó a la carretera, de Zaragoza a Oviedo. “No sabía nada de bicicletas ni de equipamiento”, explica. “Sufrí muchísimo, pero me gustó ese sufrimiento: sentí que me estaba enfrentando a mí misma”.

Hasta China
Aquel primer viaje plantó la semilla de todo lo que vendría. Dos años después, en 2022, Sara decidió llevar esa filosofía hasta el límite: salir desde su ciudad natal y llegar a China, pedaleando. “No tenía un plan cerrado. Solo sabía que quería volver a casa, pero despacio”.
Durante quince meses recorrió Europa y Asia: cruzó Francia, Italia, Eslovenia, Serbia, Kosovo, Turquía, Irán y muchos otros países hasta llegar al este de China. En cada frontera, una lección nueva. “Cada día es distinto. Nunca sabes dónde vas a dormir, a quién vas a conocer, ni qué te va a pasar. Aprendes a adaptarte, a confiar, a soltar el control”.
Viajar en bicicleta, explica, cambia la forma en que te perciben. “Cuando llegas cubierta de sudor y polvo, la gente ve tu esfuerzo. No hay barrera, no hay coche que te separe. Eres vulnerable, pero también visible. Y eso genera empatía”. En pueblos pequeños de Turquía o Serbia la miraban con asombro: una mujer sola, extranjera y en bicicleta. “Al principio despertaba curiosidad, luego respeto. Me abrían las puertas porque no querían que durmiera fuera. Si hubiera sido un hombre, quizás habrían desconfiado. Pero a mí me protegían”.
Avanzar parando
En todo el viaje, Sara pedaleó prácticamente en silencio. Sin música, sin podcasts, sin ruido. “El 99% del tiempo iba escuchando el paisaje. Si llenas los oídos, te pierdes lo que pasa dentro”. Ese silencio fue su compañero más fiel. Entre montañas, carreteras secundarias y desiertos, aprendió a estar consigo misma. “Al principio cuesta. Pero luego se convierte en un refugio”.
No todo fue épico. “No era un viaje de supervivencia”, aclara. En invierno dejaba la bici donde se encontraba, volaba a España y volvía meses después para continuar. “No tenía que demostrar nada. Quería disfrutar”. Tampoco llevaba un itinerario rígido: si un lugar le gustaba, se quedaba. Si la gente era amable, alargaba la estancia. “Planificar mata la sorpresa. Un día haces ochenta kilómetros, otro haces veinte y encuentras un pueblo maravilloso. Ahí pasan las cosas buenas”.
Su proyecto, Journey from the Road, nació como un experimento y acabó siendo una forma de vida. Al principio quería documentarlo todo: grababa vídeos, escribía crónicas, compartía reflexiones en redes. “Creía que podía vivir de eso. Luego entendí que lo importante no era el dinero, sino compartir lo que estaba viendo: que el mundo no es tan peligroso, que hay mucha bondad si vas despacio”.
Cuando finalmente llegó a China, en el invierno de 2024, Sara cerró el círculo. Lo hizo con la misma bicicleta, una espectacular VSF TX-Randonneur, casi intacta tras miles de kilómetros. “El viaje físico terminó, pero lo que aprendí sigue pedaleando dentro. Este viaje me ha enseñado más sobre mí que cualquier trabajo, relación o ciudad”.
Kosovo, el país de la hospitalidad
Una de las experiencias que más marcaron a Sara ocurrió en Kosovo. Buscando dónde dormir, llamó a una puerta cualquiera. Una familia la recibió sin dudar, le dio de comer y le cedió la cama de su hija. “Dormí tres días con ellos. Cuando volví al país, regresé a su casa”. Hoy, esa familia la ha invitado a la boda de la hija mayor. “En ese gesto está resumido todo mi viaje: la confianza, la generosidad, la humanidad. Lo que te enseña la bici no lo enseña ningún avión”.
Lo esencial
Ahora Sara vive en Madrid y da charlas en universidades, empresas y eventos sobre movilidad y viajes. Quiere escribir un libro y publicar fotolibro con las historias de las familias que la ayudaron. “Si puedo inspirar a alguien a coger una bici y salir ahí fuera, ya habrá valido la pena”.
No es una heroína, ni quiere serlo. Solo alguien que un día se preguntó si era posible llegar al otro lado del mundo sin perderse a sí misma. Lo consiguió. Y descubrió que todo lo que no necesitas, tanto en la vida como en la bici… Pesa.
La bici que cruzó el mundo
Sara pedaleó desde Zaragoza hasta China con una VSF TX-Randonneur, una bicicleta alemana robusta, sencilla y preparada para aguantar miles de kilómetros. La compró de segunda mano, la adaptó con alforjas, guardabarros y un portabultos resistente. “No era la más moderna ni la más ligera, pero nunca me falló”, asegura. Durante los quince meses de viaje solo cambió pastillas de freno, neumáticos y cadena. “Al final entendí que lo importante no es la bici, sino la cabeza que la empuja”.









