
Todo empezó a finales de 2024, cuando visitamos la fábrica de Velo de Ville en Alterberge, Alemania. Allí, entre cuadros recién pintados, concentrados trabajadores y la deliciosa compañía de los responsables de la marca (gracias, en especial, al gran Olivier Doucot), nació la idea de crear “nuestra” bici. Una que reflejara el espíritu de Ciclosfera y, al mismo tiempo, fuera un vehículo útil, bello y robusto, personalizado desde el primer tornillo y rematado con el logotipo de nuestra revista.
Una compañera
Más que una bici más, la FR8 ha sido parte de mi rutina. Me ha llevado (acompañado) a innumerables compras, la piscina, el punto limpio, reciclar desechos del jardín y, en definitiva, a moverme a diario. Su diseño, posición y rendimiento la convirtieron en el vehículo perfecto: uno que invita a usarse incluso cuando no hace falta salir de casa.
Magia French Lavender
No exagero: ni un solo día dejó de llamar la atención. Porque, por desgracia, es una máquina (todavía) excepcional en nuestro país, pero también por su belleza. Su color, en particular, es un imán: el French Lavender es vibrante, elegante y original. Más que un color, es una declaración de intenciones. Quien la ve sonríe y, casi siempre, se enamora.
Sin límites
Pensada para disfrutar, pero también hecha para trabajar. El enorme cajón delantero ha transportado muchas bolsas de la compra, cajas llenas de vidrio y cartón, bolsas de basura, hojas y desperdicios o mochilas. El cuadro es rígido. El centro de gravedad está bien resuelto. La sensación es de total control. Sí, hace falta acostumbrarse a manejar una máquina grande y pesada, pero pronto se le coge el gusto, porque no está hecha solo para moverse sino para hacer muchas cosas.






