
Bardenas
El viaje empieza en Arguedas, al borde de un lugar increíble donde la bicicleta parece un animal esquelético: las Bardenas Reales. Tierra clara, barrancos, lomas peladas, formas hechas con cuchilla y mucho cielo, bajo el que pedaleamos Jaime y yo en nuestras bicis. Una de ellas, la suya, de carga, provoca que los ciclistas con los que nos cruzamos nos paren e interroguen, fascinados por una máquina tan alejada del imaginario deportivo.
Una primera etapa de casi 77 kilómetros por Arguedas, Bardenas Reales, Carcastillo, Cáseda y Sangüesa. No es una simple línea en el mapa sino kilómetros con muchos cambios. Kilómetros de mirar, sorprenderse, parar menos de lo que queremos y comprobar que esta es una tierra hecha de contrastes. De salir de un paisaje áspero, casi de otro planeta, para adentrarte entre cultivos, pueblos, sombras y puentes. No hay transición. Hay Navarra. Jaime hace vídeos y Rafa fracasa intentando no parecer muy impresionado.

Agua
No como símbolo ni como metáfora, ni casi como algo que necesitamos beber para poder seguir pedaleando. El agua como verdad, recuerdo y relato contado por ríos refrescantes, puentes que llevan a pueblos y fuentes de sabor exquisito. El agua como alivio, limpieza, compañía, belleza y excusa para parar.
Navarrear no es solo pedalear, es un estado de ánimo sobre dos ruedas
Así la sentimos al llegar a Cáseda, donde tras muchos kilómetros pedaleando apareció el río. Un puente, una orilla y una invitación a, más que refrescarnos con el agua, empaparnos y jugar con ella. Y después, en otra etapa, llegó la Foz de Lumbier, donde el río Irati ha abierto una garganta estrecha pero atravesable en bici a través de túneles y con buitres planeando sobre las paredes.
El agua vuelve muchas veces más. En los ríos que cruzamos sin saber casi nunca su nombre: el Aragón, el Salazar, el Anduña, el ya mencionado Irati. En el precioso Ochagavía donde el agua, además de decorar junto a flores y fachadas de cuento, da carácter y autenticidad. Llegar allí y descansar fue otro de esos premios que justifican el viaje.

Piedra
A veces solemne e histórica y trabajada por manos humanas. Otras más salvaje y fresca, moldeada por el agua, el viento y el tiempo. La piedra, en Navarra, aparece sin avisar. Convertida en muros, silencio, proporciones perfectas y siglos de historias en el Monasterio de la Oliva, una de nuestras primeras paradas. Asomada al horizonte en San Martín de Unx. Narrativa y llena de detalles en la iglesia de Santa María de Sangüesa. Y al día siguiente, camino de Aoiz, apoyada en la montaña, con la sierra al fondo, en el increíble monasterio de Leyre, que contemplamos con el corazón desbocado tras una buena paliza.
De la aridez de las Bardenas al silencio verde de la Selva de Irati
Roncesvalles es otra cosa. Por el lugar donde se levanta, por todo lo que lleva encima. Camino de Santiago, frontera, peregrinos, historia, bosque y montaña. Un lugar físicamente pequeño pero de enorme presencia.

Bosque
Etapa seria, casi 100 kilómetros desde Aoiz a Ochagavía pasando por Burguete, Ronces valles, la Selva de Irati. El mapa de todo un mundo, Navarra, que salta del románico y los pueblos a una vegetación cada vez más espesa donde respirar y fundirnos con naturaleza, humedad y sombras.
Irati es otro planeta. Una masa que respira con vida propia. Incontables hayas salpicadas por abetos. Curvas y claros, troncos, ramas, luz filtrada, olor a tierra, ruido de hojas y animales. Un lugar donde la bici tiene todo el sentido porque no hace ruido ni molesta, porque avanza a velocidad natural, porque te permite estar, no invadir. Irati es enorme, fresco, verde, precioso y real. No es un espacio mágico sino el ejemplo de lo que debería ser el mundo. En coche lo contemplarías. En bicicleta lo sientes y sales con la sensación de que fuiste árbol, pájaro, agua, alguna vez.
Vida
En Navarra vemos vida en todas partes. En los caballos burguetes, fuertes e imperturbables en sus formas redondas. En las vacas y terneros pirenaicos de Irati, pastando un suelo que es suyo. En Navarra también vemos muchas aves, rapaces sobrevolando la garganta de la Foz de Lumbier, pájaros pequeños cruzando cunetas y setos y de un verde intenso que no supimos identificar.
Cicloturismo sin prisa ni licra: la bici como forma de conectar con el territorio
Los celebrábamos con el rigor científico de dos periodistas ciclistas: “Mira qué pájaro más guapo”. Y con eso, a nosotros, nos basta. Pero la vida navarra está también en los pueblos, en la gente saludando y fascinada por la bici de carga. En las personas que en tienden y satisfacen el hambre que da la bici y hacen posible que haya establecimientos y servicios que entienden al cicloturista. El Club Navarra en Bici tiene sentido: una buena ruta depende del paisaje pero también de quienes la hacen posible y mejor.
Pamplona
Capítulo aparte: Pamplona, todavía más bonita si la recorres en bici. Dormimos a sus afueras, en el Hotel Villava, desde el que vamos al centro a través de un espectacular carril bici, una perfecta alfombra ciclista repleta de vistas, árboles, bonitas casas y un mirador desde el que ver el sol colándose entre las nubes para iluminar la espectacular Catedral de Santa María la Real.
Llegar pedaleando a una ciudad te permite olvidarte del tráfico o el aparcamiento y Pamplona, sin nada de qué preocuparse, es un paraíso. Plazas y calles tan vivas y bulliciosas como humanas y tranquilas. La mezcla perfecta de ciudad, dinamismo y pausa.
La confirmación capital de que Navarra se disfruta cuanto menos la resumes. Porque más que rutas y lugares, este viaje son momentos. Tres días que disfrutamos como tres semanas. Desierto y agua, piedra y bosque, animales y silencio. Mucha y buena comida y bebida. Cansancio, descanso, fotos.
Muchas risas y algunas revelaciones. Tres días de Jaime y Rafa, con dos bicicletas disparatadamente distintas y una palabra que siempre acompañará a Navarra: gracias.
Un destino a tu medida
Para que un destino ciclista funcione hacen falta paisajes y rutas. Pero también, desde luego, coordinar alojamientos, empresas de actividades, alquileres, guías, servicios y administraciones. Justo eso propone el Club de Producto Navarra en Bici, una iniciativa público-privada que agrupa a decenas de socios para ordenar, mejorar y promocionar el cicloturismo en Navarra para así convertirla en un destino de referencia nacional e internacional. Avisamos... ¡lo están consiguiendo!
Dos amigos y dos bicicletas opuestas unidas por el placer de viajar despacio
Navarrear
Navarrear ha de existir como verbo. No como eslogan publicitario sino como un estado de ánimo. Ese que implica hablar de todo y de nada, comer bien, mirar mejor y volver a casa sintiéndote ligero y limpio. Si Jaime y Rafa hicieron algo, fue "Navarrear". Celebrar cada lugar, disfrutar cada momento y comprobar que viajar mezclando amistad y bicicleta es, quizá, la forma más barata, sana y segura de alcanzar la felicidad adulta.

Distintos y muy felices
Un dúo mecánico raro pero perfecto. Rafa sobre una Cannondale Bad Boy con muchos años y kilómetros a sus espaldas. Urbana pero también rápida, veterana, sin electricidad y muy suya. Y Jaime en su inseparable Riese & Müller Load 60, una e-bike de carga para cargarse prejuicios. En ella llevaba el equipaje, el material de rodaje, candados, cascos y todo tipo de cosas. No eran la estampa clásica con alforjas, licra, ropa ceñida e infinito sufrimiento. Pero funcionó. El ciclismo es infinito, y también se puede disfrutar yendo cómodo, orgulloso y feliz.

