
Si las dimensiones y alcance de un sistema de bicicleta pública se miden por el número de bicis por cada mil habitantes, Barcelona lidera el ranking nacional con un ratio de 4,7, una cifra que nos muestra que el servicio es realmente una pieza clave y estructural y no un apoyo complementario al resto de modos.
Para que podamos tener una mejor fotografía, Madrid, por ejemplo, tiene un ratio de 2,2 bicis públicas por cada 1.000 habitantes. Es menos de la mitad. En León alcanzan el 3,3 y en Donostia-San Sebastián disponen de 2,9.

El número de usuarios y de viajes en Bicing no para de crecer. Hasta el momento son 166.000 los barceloneses que usan de forma habitual el servicio y ya han acumulado 100 millones de viajes desde que cambió el modelo en 2019, incorporando la asistencia eléctrica a las bicicletas.
La electrificación de un sistema de bici pública suele estar muy asociado a un gran éxito: de las 8.000 bicis disponibles que tiene la capital catalana, 5.000 son e-bikes. El dato es revelador: el 80% de los desplazamientos que registra el servicio se hacen en esas 5.000 bicis eléctricas.
Ya no es solo una cuestión de orografía o de comodidad: la electrificación se traduce en una mayor eficiencia. Mientras que el trayecto medio en una bicicleta mecánica es de 1,84 km, en las eléctricas sube hasta los 2,63 km, demostrando que el usuario confía en el sistema para trayectos más largos o exigentes.

El Ayuntamiento de Barcelona ha inaugurado recientemente 30 nuevas estaciones, completando una red de 557. El objetivo es alcanzar los 20 millones de desplazamientos anuales.
De cualquier modo, el éxito del modelo barcelonés no es solo una cuestión de presupuesto o número de estaciones, sino en el diseño de la gestión pública, la intermodalidad real con el transporte público y la correcta densidad de las ubicaciones para muchos expertos.